| Un bosquecito en el 6 |
| Jueves 31 de Marzo de 2005 07:32 - 2355 Lecturas. |
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Un breve relato del lector interactivo Guillermo Palavecino. Un simple relato que podría repetirse cada tanto, con un simple cambio de escenario. Un triste relato.
Abril 1, viernes A tres cuadras de casa, hay un bosquecito. O mejor dicho, había. Me regocijaba ese lugar. Me daba una sensación de que era el lugar mas espectacular del mundo, como si fuera un precioso regalo del que podía disfrutar cuando quisiera. "El bosquecito" estaba poblado mayoritariamente de cipreses, si bien hay radales, miles de arbustos y otras especies, mi corta mente lo asocia con cipreses verdeazulados. Una de las entradas al bosquecito se encuentra de solo de seguir la calle en la que vivo, hasta el final; allí está el vivero de una pareja de alemanes simpáticos y como si fuera un accidente municipal, la calle se angosta y se transforma en senda. Enseguida comienzan los bostazos de los caballos que deambulan por el bosquecito, seńal de que uno comienza a introducirse como por un tubo que altera las dimensiones espacio-tiempo, en este universo mínimo, dotado de la belleza original, la que Dios en suerte le ha otorgado. El sendero se bifurca varias veces, tantas que uno puede perderse con facilidad. Puedo recordar tres zonas claramente marcadas. El pasaje central, el de la senda de entrada, que cruza el bosquecito en su totalidad, que es el favorito de los nińos que, dispuestos a embarrarse y a disgustar a sus madres, se aventuraban a cruzarlo a bordo de sus bicicletas. El otro nivel, digamos que se abría a la izquierda, mas elevado que el central y el que yo menos visitaba. Ahí había una especie de peńazco con algunas plantas distintivas del lugar y recuerdo haber encontrado allí un perro muerto. Quizás por eso no me atraía ese lugar. La otra zona, la que descendía en dirección del lago, daba a una especie de "pampita" especialmente simpática que oficia de "laguito" en las epocas de lluvias, de circuito de biciletas rodado 14 en el verano y de pista de patinaje sobre hielo durante nevadas y heladas. Pero la zona que era de alguna manera mi preferida era el corredor central. El lugar donde confluían todos los otros senderos del bosquecito. Especialmente un lugar no muy lejano al corredor, donde se asienta una gran piedra, donde uno o dos pueden sentarse comodamente, charlar, tomar mates, avistar el lago alla a lo lejos, dormir o meditar. Algunos lo usan para tomar cerveza, la cantidad de chapitas semienterradas asi lo delata. Lo que pocos conocen es que a pocos metros de allí sale otro sendero, descendiente, que lleva a un gran ciprés que tiene sus raices un tanto desnudas. Este infinitesimal paraje, oculto, es más verde que el resto del bosquecito, esta tapizado de tréboles, liquenes y "barba de viejo". Ese lugar es mi favorito. Allí aclaré la mente cuando estaba confudido, allí medité cuando necesitaba decidir cosas importantes de mi vida. Quince minutos en ese pozo, en ese agujero verde, me daban una lucidez gloriosa, inaudita en mi pobre cabeza. Recién llego de caminar por allí, y estoy realmente triste. El bosquecito está siendo desvastado. La senda está siendo transformada en una calle. Los cipreses derribados están apilados, cortados prolijamente y puestos en pirámide al costado de la nueva calle, que hoy aún no tiene nombre. Marcas y pircas seńalan los límites de un loteo venidero. En tan poco tiempo presencié como "el bosquecito" se transforma en un barrio más. Como imagino que sucedió con la ciudad y todos los barrios de los alrededores. Según los registros, este milagroso bosque en medio de los barrios es -era- una "zona intangible", protegida por la provincia de Rio Negro por el valor de las especies vegetales. Al menos eso dicen las guías de calles y los vecinos. Vaya uno a saber por qué cuestión es que el bosquecito será loteado: se deben instalar los servicios, se abrirán calles y probablemente se coloquen nombres célebres en ellas. Debo develarles antes de seguir, que mi bosquecito tiene unas pocas cuadras de ancho por otras pocas de largo. No ocupa mas lugar de lo que un hipermercado. No correrá riesgo el oxígeno del planeta, ni se extinguirán las especies allí contenidas. No habrá un cambio de polos ni la población se levantará contra su líder por semejante atrocidad. Sé, claramente que mi pena es absurda e infantil. Imagino por un instante lo que habrá sido para los pobladores originales de estas tierras el avance de la "civilizacion". Racionalmente, todos pensarán -y estoy de acuerdo- que es lo más lógico de suceder cuando las ciudades crecen, cuando hay que expandirse. La sensación que tengo es igual a la que se tiene cuando se pierde un amigo. Quizás eso resuma todo. Guillermo Palavecino Email: Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla |







