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| El cierre del Arrayanes |
| Miércoles 10 de Marzo de 2010 06:00 - 1455 Lecturas. |
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Escribe Mario Sandoval. Un bellísimo texto para esbozar un adiós casi inevitable, aunque todavía queden manifestaciones pendientes para impedir el cierre, convocadas a través del facebook y otras redes no tan virtuales. Un adiós que es mirarse uno mismo, una escena donde los sueños se entremezclan entre la pantalla y la platea, palpitante mix de ficción y vida real, como ese andén del adiós lleno de mensajes tácitos entre Darín y Villamil en El Secreto de sus Ojos, quizás la última gran película que asomó a su enorme pantalla. O tal vez como en el entrañable Roxy de Serrat, el conmovedor relato de Sandoval recobre para siempre aquellos latidos tan plenos de humanidad, no sólo ya en la penumbra de la sala. La vida en penumbras Por Mario Sandoval Un montón de rituales fueron desapareciendo. Bueno, en realidad el cambio de los tiempos hizo que usos y costumbres fueran vistos como rituales. Siento esto mismo cuando recorro entusiasmado una disquería, mirando portadas y evaluando cuál sí y cuál no terminará abultando mi montaña de música. No puede con esa mística la tentación de apretar dos teclas y hacerse de la discografía completa de alguno de mis héroes. Lo mismo sucede con el cine. Ir al cine es la acción completa de saber que podemos regalarnos dos horas para dejar que la fantasía se adueñe de nosotros. Que la ilusión haga su trabajo. El dvd hogareño permite que uno ponga pausa y hacer cualquier otra cosa mientras una historia intenta conmovernos, como si no nos mereciéramos regalarnos ese tiempo. Hoy leí en los diarios que lo inevitable sucederá: que el Cine Arrayanes cerrará sus puertas. No soy un pragmático que reniega de la modernidad y no soy quien para pretender que alguien pierda su capital románticamente. Pero sí puedo dejarme atrapar por la nostalgia resignada de los agradecidos por cada carcajada, cada nudo en la garganta o cada milagro recibido en el país de las butacas. La gratitud de una infancia marcada por aquellos domingos en que mi madre sacaba fuerzas de donde hubiera tras una semana de trabajo duro para llevarnos a las funciones dobles. No se cuantas veces vi “La espada en la piedra”, pero en cada una de ellas apreté con fuerza el puño para matar al dragón. Si se podía, aquel paseo terminaba en el “Pumper Nic” o alcanzaba para ser feliz un chicle jirafa o unas galletitas “Rex”, que en aquellos años venían en unas cajas que parecían hacerlas más ricas. Así pasaron años de Disney, Parchís, Star Wars y hasta Flash Gordon. Con el corazón saltando en el pecho con la escena de Clark Kent descubriéndose Superman corriendo a la misma velocidad que un tren, con precarios efectos especiales que nuestra mirada inocente creía sin objeciones. Recuerdo una noche que mi viejo se sumó e incluso cargamos con una amiga del barrio. A lo mejor aquel hombretón inventó que no había entradas para “Laberinto” en el cine Coliseo y terminamos todos reviviendo la conquista del mundial de México viendo “Heroes”. Creyendo que nadie podía ser más valiente que el “Tata” Brown con su brazo colgando en la final. El paso de los años convirtieron al cine en un milagro multimedia, mucho antes que las tan publicitadas salas 3-D. Uno iba allí a emocionarse con la pantalla y a perseguir el premio de algunos besos con sabor a pastilla DRF de naranja. La adolescencia nos regaló funciones angustiantes con caricias que nunca partieron desde la butaca de al lado, con la sonrisa que agradecía la penumbra cuando se abría la lata de cerveza que nuestro humilde arte del contrabando había llevado hasta allí o cuando cuatro manos jugaban a descubrir cuanto habíamos crecido. Una de mis más tristes despedidas de aquellos años en que uno promete “para siempre” y siente que dice algo irrefutable se vio precedida por la deforme cara de Robert De Niro siendo Frankestein. Al día siguiente yo también fui un muerto vivo. La dimensión de la magia que esa pantalla enorme ejerce en todos la descubrí cuando la vida me regaló la posibilidad de llevar por primera vez al cine a mi sobrina. El recuerdo de aquellos ojos felices totalmente abiertos todavía me conmueve y me animaría a decir que fueron el verdadero impulso para que un padre desesperado se reencuentre con Nemo. Fue por culpa de Matrix recargado, que coincidí en ese edificio con una ilusión de ojos claros que entonces habitaba su propio hemisferio y yo el mío. Pero aquel encuentro fue suficiente. Me descubrí en manos del más intenso estado de enamoramiento. En alguno de los escalones numerados deben haber quedado los restos de mi mascara. Ya no había nada que pudiera hacer, yo también había despertado de la Matrix. Solo ordené con respeto las realidades de mi hemisferio y me dediqué a estar solo, con una sola intención, que alguna vez la vida me permitiera merecer aquel amor. El paso de los meses y la realización de un encuentro de cine nacional, hizo que durante la proyección de “Soy tu aventura” consiguiera un beso que elegí repetir el resto de mi vida. Unos años después y diez asientos más adelante, mi hija exultante dio saltos enloquecidos al descubrirse fanática de Piñón Fijo. No creo en la melancolía como única respuesta al paso del tiempo, pero sospecho que el cine al desaparecer se convertirá en esos lugares que de manera espectral recobran su forma original ante nuestra mirada memoriosa. La única explicación para que eso suceda, está en los muchos acontecimientos de nuestra propia vida que se desarrollaron en su penumbra. Uno podría esbozar una frase de agradecimiento, pero han apagado la luz y cuando eso sucede en el cine, hay que guardar silencio.
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