Escribe el arquitecto José de la Cruz. Estuvo en la exposición Darwin Now y le quedaron algunas inquietudes acerca de sus andanzas por las cercanías, Malvinas y demás. Procuró disiparlas con información precisa. Pero ciertas dudas persisten.
Charles Darwin, a raíz de sus andanzas por las cercanías.
El viernes escuché que se clausuraba la exposición “Darwin Now - (Darwin ahora)” en el Museo de la Patagonia y me dije que no podíamos perderla. Allí fuimos, para constatar, antes de entrar, que se exhibía en la muy acertadamente llamada ahora Sala Cecilia Girgenti, cuya personalidad recordamos con tanto afecto.
Esperábamos una exposición de piezas embalsamadas y algunos elementos exóticos, razón por la cual lo que allí se exponía nos sorprendió por su sencillez. Nada de aquello: sólo unos dieciséis afiches tipo cortinitas de enrollar, que uno observa y lee en el orden que se indica. Se trataba de una muestra itinerante preparada por el British Council para conmemorar en 2009 el bicentenario del nacimiento de Darwin y el sesquicentenario de la publicación de su importantísimo primer trabajo sobre la evolución de las especies. Poniendo atención, el recorrerla nos tomó una hora; pero veo que las reflexiones perduran.
No me considero capacitado para comentar sobre la tremenda influencia que los trabajos de Charles Darwin ejercieron desde entonces en el desarrollo de la ciencia, conocimientos generales y religiones de la Humanidad; en cambio, sí quiero compartir unas inquietudes que me surgieron a raíz de aquella visita, dentro de la superficialidad de mi información.
En su aspecto menos científico, me llamó la atención el hecho de que la Corona Británica tomara para un programado viaje de cinco años alrededor del mundo, como “naturalista” de la expedición, a un jovencito de 22 años, fracasado estudiante de medicina, que por entonces apenas había desarrollado un “interés” en la historia natural y aún no tenía muy claro lo que quería hacer de su vida. No obstante, cabe señalar que Charles Darwin pertenecía a una familia que a través de generaciones supo demostrar indiscutibles calificaciones para lo que fuera actividad científica. En efecto, su abuelo Erasmus Darwin había sido un reconocido y exitoso médico que en un momento se permitió declinar el ofrecimiento de George III para convertirse en su médico personal; Charles sorprendería al mundo con sus propias investigaciones y teorías sobre la evolución de los seres vivos y, mucho más tarde, George, su segundo hijo, resultaría ser un destacadísimo astrónomo.
Como es sabido, y lo confirmé con la Enciclopedia Británica, Darwin se embarcó en el HMS “Beagle”, con Robert Fitzroy como comandante, partiendo desde Portsmouth el 27.12.1831, con la encomienda personal “de estudiar la vida salvaje de la costa oeste de América del Sur y algunas islas del Pacífico”.
No obstante, un croquis obtenido en la exposición mencionada, nos permite observar que la nave hizo varias escalas del lado atlántico: en un puerto norteño de Brasil, dos veces en Montevideo, Bahía Blanca, Buenos Aires (con expediciones terrestres en Uruguay y Argentina) anduvo por la zona del Cabo de Hornos, retornó hacia las Islas Malvinas e hizo dos escalas en la costa de Santa Cruz antes de cruzar el Estrecho de Magallanes para continuar hacia su destino específico. Nada de dice de lo sucedido en estas escalas.
Resulta de interés poner en relieve algo que nos dice aquella enciclopedia en “Falkland Islands, History”,cuando relata los conflictos con Argentina referentes a la soberanía sobre el archipiélago (traduzco una parte; pero vale la pena leerlo todo): “…En 1820, el gobierno de Buenos Aires, que había declarado su independencia de España en 1816, proclamó su soberanía sobre las Falklands. En 1831, los comandantes del USS “Lexington” ordenaron la destrucción del fuerte en Soledad, en represalia por el arresto ilegal de tres barcos estadounidenses y declaró a las Falklands libres de todo gobierno. El Presidente de Estados Unidos Andrew Jackson, aprobó la acción y (su país) no protestó la reocupación británica cuando sucedió -de acuerdo con la Doctrina Monroe de 1823- no considerándola como una nueva adquisición colonialista, sino como la continuación de la posición (¿o posesión?) británica del Siglo XVIII…” Nada se dice sobre lo sucedido con aquellos barcos estadounidenses secuestrados, ni sobre sus tripulaciones, ni sobre las razones por las que habrían andado merodeando por aquellos parajes.
“…En 1832, no obstante, Argentina designó a Juan Mestivier gobernador interino. Fue muerto en un amotinamiento poco después de su llegada y José Pinedo, comandante de un barco de Buenos Aires intentó restaurar el orden; pero en 1833 arribó un barco británico y los británicos retomaron la ocupación sin disparar un solo tiro…”
Años más tarde, Fitzroy fue designado gobernador de Nueva Zelandia; pero fue destituido de dicho cargo por haber sostenido que, a su juicio, los reclamos de los Maori sobre sus tierras eran tan válidos como los de los colonos. Se retiró, dedicándose a la meteorología; pero más tarde se suicidó. Ignoramos cuáles fueron las órdenes que le tocó cumplir cuando estuvo en Malvinas y su opinión en relación con el conflicto sobre su soberanía.
Lo relatado anteriormente provoca algunas conjeturas:
1- Parece obvio suponer que la expedición no fuera organizada para brindar semejante oportunidad a aquel joven inquieto con intereses en las ciencias naturales. Simplemente, podría ser que el objetivo fuese otro, no necesariamente divulgable y, estando organizada y a punto de partir, alguien habría decidido -y consiguió- ubicarlo en una cabina disponible.
2- Considero factible que un “barco británico” que zarpara de Inglaterra sobre el final de 1831 pudiera realizar el viaje hasta las Islas Malvinas, con las dichas escalas, en el año y pico transcurrido hasta aquella fecha no mencionada de 1833 en que “los británicos retomaron la ocupación sin disparar un solo tiro”, detalle este último que me parece digno de un cuento de hadas, dicho sea de paso. A pesar de la coincidencia de fechas y de la importancia de los hechos, el “Beagle” no es mencionado, por ningún motivo.
3- La misma enciclopedia, a diferencia del croquis de la exposición, omite la mención de las islas como parte de su recorrido, así como las escalas y recorridos terrestres en el lado atlántico de nuestro continente, sólo mencionando que se “visitó” la costa sudamericana, sin precisar aquello de este u oeste (ver también bajo Beagle; Darwin, Charles; Fitzroy, Robert). En efecto, el “Beagle” habría tocado puertos o costas sudamericanas sobre el Atlántico unas ocho o nueve veces, contra tres o cuatro sobre el Pacífico.
4- La Enciclopedia Británica da el nombre del “Lexington”(USA); pero omite el de la nave cuyos tripulantes retomaron la ocupación en 1833, aún siendo éste un hecho histórico. En el relato de la “historia” de las islas nada se dice del “Beagle”, ni de lo acaecido a los ocupantes isleños desplazados.
5- También se impone la pregunta sobre cómo habría sido posible, en aquellos momentos de tanta tensión entre Londres y Buenos Aires, que una parte de la tripulación del “Beagle” realizara una expedición “científica” terrestre entre Buenos Aires y Bahía Blanca (o en sentido contrario) con -o sin- la anuencia de nuestras autoridades.
Sin duda alguna, mucha “agua” ha corrido desde entonces; ahora es petróleo lo que corre, y las concesiones de pesca, más la extensión de nuestro territorio y su plataforma continental con sus recursos, llevándome a la pregunta sobre si todo estará bien con la Historia que nos enseñaron en la escuela y con la capacidad, dedicación, intereses y procedimientos de nuestros dirigentes -todos- los pasados y los actuales.