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| Lejos de la comunidad |
| Martes 05 de Junio de 2012 18:26 - 6853 Lecturas. |
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¿Cuántos hechos ocurren diariamente y dejan absortos a quien los vive o los escucha? ¿Cuáles son los límites entre realidad y ficción, en una sociedad cada vez más alejada de la sensibilidad y la dimensión humana de quienes la integran? Un desolado texto de Antonio Zidar, construye el recuerdo del Tano, una víctima de esa realidad que agrede y abandona a quienes la experimentan. El principio es todo imaginación. Cómo y por qué habrá llegado a la America. Qué vientos propios o ajenos, que sueños o qué pesadillas habrán trazado el confuso mapa de lo desconocido, depositando sus huesos en esta tierra. Cuán grande habrá sido el desgarro, que nunca perdió el acento. Que jamás su escencia se rindió, aún a pesar de él mismo. Sesenta años después, seguía siendo “el tano”. “Atravesado” el castellano, caminar con sombra. El Tano. Feliz , de todos modos. Con la familia a cuestas, con el trabajo, con el “todos los días”. Optimista, como todo buen laburante. Iluso. Crédulo. Valiente. Como los bancos lo habían engañado, sin decirle a nadie guardaba la plata en casa. Ni el “figlio” sabía… Pero un día pasó lo peor. Un día que fue unas tardes después de habernos encontrado, por eso la imagen regresa tan fuerte y tanto. Nos vimos esa vez y riendo dijo: Eh Antonite…te acordás de mí?...cómo no me voy a acordar!....Mirá Antonite…más de 90 años y mirá cómo estoy…Salgo a caminar! No te digo que soy un pibe, pero mirá… Y ahí nos quedamos, respirando el aire fresco y tierno que nos dejó el Tano. Con mi hijo y Rubén estábamos. Y le contamos a Tomy mil historias de la infancia, del barrio, del Ñireco y de la libertad. Mil historias de cuando el mundo terminaba en las “piedras verdes” nos había regalado la fugaz presencia del hombre que siguió su caminata. Pero algo pasó días después. Me lo ví de golpe en las noticias. Escuché de él en la radio. No estuve seguro que fuera, luego lo ví y tuve la certeza. Le habían entrado a robar. Alguien supo. O sospechó. O ató cabos. O contó. El no quería entregar los ahorros de su vida. Lo golpearon con saña, los hijos de puta. Le dieron duro. Y el Tano entregó todo. Y las heridas le hicieron una úlcera en el alma. Sin embargo, crédulo, iluso, valiente, ayudó a la policía y a la justicia. Y los encontraron. Volvió a salir en las noticias, y después lo perdí. Hoy supe que todo esto, que empezó como un cuento, termina mal. Un día el hombre y su “figlio” contrataron un abogado. Siguieron los pasos que daba la justicia, avanzaron. Reconoció la plata sin dudar. Su letra era su letra, aunque los billetes fueran todos iguales. Pero una iluminada pericia dijo que no. Que el hombre mentía, o se confundía. Y eso lo terminó de matar. Se dejó ir. Cansado tal vez. Sintiendo que no daba para más. Yo lo supe ayer. Confundido anduve el último tiempo en otras oscuridades que me persiguen, y no me enteré. Supe ayer que aquel caminante había muerto. Pensé al ver la tristeza y la soledad del “figlio” si al viejo lo habían matado los golpes o la soberbia ilustrada de nuestro sistema de justicia. Gente que ya no tiene nada y por eso no respeta nada, o sabelotodos de saco y corbata, pagados como nadie, dioses de la soberbia. Cuál de estas lacras se llevó al Tano? Quien se lo cargó? Alguien más no habrá dormido aquella noche? O ni se habrán enterado, como yo, cada uno perdido en su oscuridad? Lloré de bronca al saber. Lloré de bronca por no haber seguido aquella conversación un poco más. Y por haber hablado con mi hijo de un Bariloche, de un país y de una libertad que ya no existe. Lloré porque cada día más, pasan frente a mí historias que empiezan como cuentos y terminan mal. Muy mal. Antonio Zidar |







