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Cenizas quedan
Miércoles 27 de Junio de 2012 21:07 - 6904 Lecturas.
cenizasquedasUn cuento de Nora Schulz visita el espacio de Crónicas de Hans Schulz para B2000 y presenta un breve relato que fue escrito en plena vivencia de los efectos de la erupción del Cordón Caulle en la que el pasado, el presente y el futuro de la aldea de montaña se confunden ofreciendo un cuadro post-apocalíptico.

Cenizas quedan
(Un cuento de Nora Schulz)

La erupción del Cordón Caulle hace poco más de 20 años fue un evento que marcó a todos los barilochenses. Todos y cada uno podemos recordar con mayor o menor exactitud de lo que estábamos haciendo el día de la erupción. Esto también sucede con lo que ocurrió el 11 de septiembre de 2001. ¿Quién no recuerda casi al detalle qué es lo que estaba haciendo cuando se enteró de los acontecimientos que cambiarían al mundo?

Pasadas las semanas, seguía siendo el tema de conversación, en la calle, en el gimnasio (ay, recuerdo cuando iba al gimnasio, ¡qué joven era!) En el aula, ni hablar. Los chicos dibujaban volcanes por doquier. Mi sobrino, que en ese entonces tenía 10 años, decidió que iba a ser vulcanólogo. Lo es (ahora vive en Islandia) gracias a este evento tan espectacular.

También el tan mentado terremoto del 1960 fue un episodio que nadie olvidará. Mi hermano cuenta que a sus cinco años estaba absorto mirando cómo se movían solos los autitos con los que estaba jugando en la terraza. Mi madre contaba que retó a mi padre (que sospecho no estaba ahí, a ella le gustaba inventar y sazonar historias) porque movía la cama en la que ella estaba durmiendo la siesta, conmigo en la panza. Mi hermana mayor decía que habían puesto colchones afuera para dormir en el jardín por si volvía a moverse la tierra durante la noche. Mi hermana menor no había nacido aún. Si hubiera contado algo, hasta yo me habría dado cuenta de que sus historias eran mentira. Mi abuelo bajó corriendo las escaleras, cosa nada fácil para un anciano de 90 años que usaba bastón.

Así fue que lo que ocurrió el 4 de junio de 2011 signó el destino de muchos barilochenses. Recuerdo haberle dicho a mi hijo: - Andá a sacar unas fotos al lago, que el cielo está impresionante- Al salir nos encontramos con un vecino informado (trabajaba en la Aduana El Rincón, que en ese momento estaba situada cerca de un pueblo que había del lado norte del lago) que nos contó lo del volcán.

Todos sabemos lo que pasó después. Fueron días, semanas, meses de semioscuridad. De arena que caía del cielo. De cenizas que nos hacían usar barbijo.

Al principio estábamos entusiasmados. Todos usábamos términos como ignimbrita, lahar, tremor armónico, sílice, piroclástico... Salíamos en los medios internacionales. Nuestras cenizas paralizaron el tráfico aéreo del hemisferio sur. Éramos famosos.

Pero con el pasar de los meses, las cosas se empezaron a poner (como decía mi amigo Bruno) ásperas. Tuvimos que cambiar nuestro estilo de vida a la fuerza, y no muchos estaban dispuestos a hacerlo. Todos teníamos nuestro puesto en la ciudad. Estos “puestos” se fueron desmoronando de a poco. Para algunos fue demasiado. La gente no se adaptó. Comenzó a irse.


Al principio ni se notaba, porque éramos muchos los que habíamos decidido quedarnos. Pero con el correr de los años éramos cada vez menos. La gente se iba, dejaba su casa a la venta, o no. Abandonaba sus animales, o se los llevaba. Nosotros no podíamos irnos. Teníamos varias perras. Una, la última, la habíamos adoptado de la calle, preñada. Yo no podía imaginarme abandonándolas. Me las imaginaba muriéndose de inanición. O peor aún, comiéndose unas a otras.

Los que nos quedamos fuimos generando una nueva constelación humana en la localidad. Empezamos a trabajar la tierra, a plantar tomates, papas. (Debo aclara a los más jóvenes que antes acá había inviernos fríos, con nieve y todo) Nos convertimos en productores expertos en agricultura orgánica y producción de quesos de oveja. ¿Quién no conoce hoy en día el famoso queso “El Caulle”?

Pero volvamos atrás. Ahora estamos bien, tenemos todo lo que necesitamos. Pero hubo una época en que todo fue muy difícil. Conseguir agua potable. Movilizarse. Con el tiempo los autos dejaron de funcionar por los efectos de las cenizas.

Los medios fueron callando uno tras otro. Debo decir que aguantaron mucho. Intuyo que tienen una forma especial de sentir su tarea. Al igual que el de los médicos, su trabajo es sumamente útil en tiempos de crisis. Pero igualmente fueron desapareciendo del aire.

En el año 2021 volvió el tren. Terminaron de arreglar el tramo Pilcaniyeu- Bariloche y nos cambió la vida. En el 2024 se reabrió la ruta. La balsa maroma de Villa Llanquín vuelve a cruzar por lo menos cien autos por día. Los autos de hoy con los filtros A21 ya no son sensibles a las cenizas.

Así resurgió la ciudad. El primer almacén grande lo establecieron después de que cerrara el último supermercado. Ahí se puede comprar de todo. Hubo un tiempo en que era difícil conseguir las cosas, por eso las cuidábamos. Volvió la radio, trajeron nuevas antenas parabólicas. Hay dos pequeños supermercados. Hay dos cafés (uno en la primera cuadra de Mitre y uno en Mitre y Rolando) hay dos hoteles. Hay una heladería en la calle San Martín. Hay una estación de servicio en la Costanera.

Se puede decir que Bariloche está creciendo. Ya tiene cerca de 5000 habitantes. Puedo decir que estoy satisfecha de haberme quedado.

Me dará mucha pena ir por última vez al almacén “San Carlos”, que cerrará pronto, ante la apertura de un hipermercado en las afueras.

Nora Schulz
12 de julio de 2011


Cenizas quedan
 

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