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El abrazo de la muerte
Jueves 08 de Abril de 2010 07:56 - 4609 Lecturas.
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Un relato/ensayo de Hans Schulz, en su materia: la antropología. Cuando a fines del siglo XIX, un cazador de ballenas belga, llevó a un grupo de Selknam a la Europa civilizada para exhibirlos como antepasados salvajes de la misma, la Argentina ya tenía una constitución que prometía proteger a sus ciudadanos y colocarlos bajo el amparo de las leyes de una nación moderna.

EL ABRAZO DE LA MUERTE

“Algunos de estos europeos parecían creer que era obligación cristiana de los indígenas recibir el abrazo de la muerte de los blancos con una amable sonrisa”.

(Anne Chapman, “Los Selknam”)

POR HANS SCHULZ


Imaginarse el encuentro de la arqueóloga Anne Chapman con el padre Martín Gusinde, en el convento de Mödling en el año 1967, es imaginarse el dialogo desolador de dos testigos privilegiados del naufragio de un pueblo, que salido de las entrañas de los tiempos etnológicos, ya era para ese entonces,  parte del pueblo  argentino. Sin embargo, poco hicieron los gobiernos nacionales de aquellos tiempos para protegerlos de la voracidad de los civilizados, es decir de las olas marginales que la Europa industrial arrojaba a los confines del ecumene para el último gran saqueo.

Cuando a fines del siglo XIX, un cazador de ballenas belga, llevó a un grupo de Selknam a la Europa civilizada para exhibirlos como antepasados salvajes de la misma, la Argentina ya tenía una constitución que prometía proteger a sus ciudadanos y colocarlos bajo el amparo de las leyes de una nación moderna. Sin embargo, los Selknam del sur parecían habitar otro mundo, y el imperio de las leyes de la nueva República nunca los alcanzó. Expuestos en Londres, Paris y Bruselas, de los nueve que se llevaron, sólo seis volvieron. El padre Gusinde, desde la mirada cristiana, había sentido una íntima empatía por los sobrevivientes, algo que se percibe en sus escritos. Lucas Bridges, el hijo del misionero, nacido y criado en la isla, los trató como amigos a lo largo de su rápido ocaso y sus estancias fueron el último refugio seguro que tuvieron.

Muchas décadas después, la antropóloga Anne Chapman cultivó una mirada más científica, pero a medida que pasaron los años también fue presa del hechizo de su frágil humanidad. Además, cuando ella llegó, los despojos ya eran ínfimos y los restos de la hecatombe se podían contar con los dedos de una mano. La tapa de la reedición del año 2007 de su obra clásica sobre los Selknam la ilustra una fotografía del rostro de Ángela Loij que tomara Gusinde, el cazador de sombras, en el año 1923.  Su mirada, encuadrada en un rostro de pómulos salientes y boca semiabierta y que parece mirar hacia un lugar sin futuro, es una apretada síntesis visual de todo lo que uno puede leer sobre la Tierra del Fuego y el destino de sus habitantes originarios. Es la misma Tierra del Fuego que  también  fue testigo de la desaparición de las otras culturas, las de los canoeros, que habitaron  las bahías y las islas de los archipiélagos del fin del mundo que se extienden al sur del canal de Beagle.

En realidad, es sólo una foto más, de las tantas que esos testigos privilegiados que fueron los viajeros y científicos de siglos pasados, tomaran a las mujeres nativas a lo largo del interminable naufragio cultural de sus pueblos. Son miradas absortas, aterradas, que miran desde el interior de un universo incomprensible, hacia la nada. Son miradas como la que reflejan los retratos que el antropólogo holandés Ten Kate hiciera de Margarita Foyel en el museo de La Plata a fines del siglo XIX. Ten Kate, el antropólogo obsesionado por las mediciones y los fríos registros numéricos, logró retratar allí a la margarita desarraigada, la que arrojada de las inmensidades de las cordilleras medraba ahora en las ciudades de los blancos y que según los testimonios de otro investigador,  citado en el conmovedor libro de la historiadora argentina Norma Sosa, “había finalmente trasmutado la angustia del cautiverio en impasible indiferencia”.

Las fotos de “Lakutaia le kipa”, que en la jerga de los colonizadores fue luego Rosa Yagan, y que en sus propias palabras decía que era la última de la raza de las islas de  Wollaston, muestra una historia similar a la de estas otras mujeres. Rosa fue una de las últimas de su pueblo en vivenciar el rito de iniciación femenina, en el mismo año en que el cometa Halley, como una advertencia ominosa, surcara el agonizante cielo sagrado de los mitos. Las fotos de 1917 del Padre Alberto M. De Agostini, que la retratan con su rostro pintado y aquellas que la  muestran al frente de una tienda en Puerto Luisa en 1957, hablan del arraigado deseo de querer permanecer a destiempo y en pleno naufragio, bajo la protección de su propia cultura. Mujer al fin, y como tal, conciente de ser el único y frágil eslabón del círculo eterno de la vida,  comentaba que el Apocalipsis de su pueblo  era aún peor que él que vaticinaban las escrituras, porque en las islas del fin del mundo se estaban muriendo las únicas que podrían volver a poblar las islas con  Yaganes. Para ella, todo indicaba que el mágico círculo de la vida, se quebraría esta vez para siempre. No había dudas que en el interior de su universo ancestral la suerte estaba echada. No se vislumbraba la presencia de un arca.

Anjela, la Selknam vuelve a aparecer en la solapa del libro de la arqueóloga francesa posando junto a ella en 1969. Aquí su mirada parece haberse suavizado, luce externamente adaptada, desprovista del extraño trance que parece surcar su rostro en 1923. La foto que la muestra en el interior del libro, frente a una maquina de cocer y acompañada por una monja en una misión de  la Tierra del Fuego, es  la triste imagen del final de un proceso inevitable y remite a las que registró William S. Barclay en 1902 en la Misión Salesiana de San Rafael en la Isla de Dawson.  En la atmósfera que transmiten todas ellas, se perciben todavía los fragmentos de la cultura original, pero  también la tremenda cercanía del naufragio definitivo.  Un grupo de europeos, el que se ocupaba de la religión y los menesteres del alma, finalizaba así la tarea de la “pretendida aventura espiritual” que comenzó en 1492.

Al respecto vale la pena citar aquí los elocuentes comentarios del sueco Carl Skottsberg, que acompañan otra foto de las mujeres nativas en la misma misión, tomada durante  su visita del año 1908: “Lo que los desnudos indios pueden soportar ya es demasiado como para aceptar además las ropas europeas; viven penando y mueren en “la fe verdadera”. Pero tal vez surja en el fondo de sus agonizantes almas una pregunta jamás expresada en voz alta: ¿”Qué hemos hecho para que debamos ser sacados de nuestros territorios y exterminados de la faz de la tierra”? Anjela corrió mejor destino que las fotografiadas en la isla de Dawson y existen unas pocas fotos más de ella que la  retratan a lo largo de los años. Todas juntas y ordenadas en forma cronológica,  componen una serie que el investigador Carlos Baldassarre, en una investigación de antropología visual, llamó “la aculturación de Angela Loij a través de la imagen fotográfica”. En la actualidad, Ángela no  es sólo famosa por estar en la tapa de uno de los libros mas serios que se hayan escrito sobre su pueblo desde la mirada occidental, sino por otra foto en la cual posa junto a otras dos mujeres selknam para los ojos del padre Gusinde en el mismo año 1923,  frente a una pradera nevada en los confines del mundo. Posaron sin saber que lo hacían para la eternidad, y  junto a las fotos de otros miembros de aquellos clanes que una vez habitaron la isla,  se convirtieron en un souvenir frecuente para turistas de todo el mundo: las mudas postales sobre las que ningún descendiente reclamaría derechos, porque fueron borrados de la faz de la tierra por otros hombres que cayeron sobre ellos como cae el implacable granizo sobre las cosechas. Yo siempre la veo a Anjela en mis viajes, entre todas las postales de maravillosos volcanes, iglesias cubiertas de tejas de alerce, flores y animales exóticos de islas lejanas y congéneres semidesnudos de mirada asustada. Esta allí con su extraña mirada, posando en blanco y negro entre todos los colores, como un solitario fragmento más de la iconografía final de los mundos perdidos.  Hace un año la volví a ver en tamaño gigante  en la plaza de armas del puerto chileno de Valparaíso. En la foto del año 1923, lleva junto a las otras dos mujeres, una pintura corporal llamada “tari”, que las vinculaba con los territorios y cielos ancestrales que las vieron nacer y  en los cuales transcurrió su vida en los tiempos que nosotros llamamos “del mito”. Ángela y una de sus compañeras llevan pintado sobre su cuerpo el emblema de la ballena, un antepasado mítico de “la gente del cielo del norte”. La expresión de los tres rostros en esa fotografía refleja una extraña calma, como si el diseño sobre sus cuerpos las protegiera del ocaso inminente. Una mirada impasible y sin rencor pareciera decirnos que han aceptado su destino y para nosotros es imposible pensar esta tierra sin ellas. Posan cubiertas de símbolos de los universos míticos que dieron significado a su existencia, ignorantes del valor histórico que la imagen cobraría en las décadas siguientes, en lo tiempos en que la toponímia de los colonizadores, a la que Ricardo Rojas llamó “el abreviado archivo de la historia”, se impuso sobre la antigua geografía, de la que sólo quedaron en los mapas un puñado de nombres del olvidado idioma.

De los 82 “haruwen” (Territorios) ancestrales que registró la arqueóloga Anne Chapman en base a sus estudios en la Isla de Tierra del fuego, la cartografía oficial registraría años después del ocaso sólo una insignificante reserva indígena en el extremo oriental del lago Kami. Allí, según el decir de algunos testigos, Lola Kiepja, la otra sobreviviente que ilustró la tapa de la edición de 1986 del mismo libro de Chapman, pasaba largas horas en su choza cónica sentada sola junto al fuego, rodeada de los espectros  de aquel otro tiempo de las penumbras, cuando el cielo estaba todavía vacío de estrellas.

En este rincón del planeta, quiso la ironía del destino, que al finalizar el ciclo de los hombres, que en los tiempos míticos comenzó con la gran rebelión que suprimió el matriarcado, fueran sobrevivientes mujeres las que cantaron y contaron las ultimas historias de ese mundo.

Hans Schulz
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El abrazo de la muerte
 

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