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Una de Poetas
Lunes 22 de Febrero de 2010 00:00 - 3615 Lecturas.

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Bruno Di Benedetto
, animador y organizador de encuentros culturales de reconocida trayectoria en la Patagonia, y ganador del premio Casa de las Américas de Poesía 2010, visita desde Puerte Madryn el estante Poetas del País, en la sección Una de Poetas, que edita y compila Graciela Cros


bruno.jpg

UNA DE POETAS
Hoy,
Bruno Di Benedetto (Avellaneda/Pto. Madryn, 1955)
-Premio de Poesía Casa de las Américas 2010 por “Crónicas de muertes dudosas”-


 


“lo invisible es la mitad de la oscuridad”
(de Dormir es un oficio inseguro - Fondo Editorial Provincial, 2003):


Una absurda báscula de medir qué
la mirada
tic tac
éste es el mundo
éste es el mundo
éste es el mundo

¿y el deslímite del paisaje?
¿Y ese tajo más allá de las hojas secas?
¿y esa rajadura en el aire?

si la mirada no es una pregunta
si la pregunta no es constante
el ojo cae.

(de Country - Ediciones El Surí Porfiado, 2009):


el señor M., famoso ex futbolista, amenaza con el puño izquierdo en alto

ha movido influencias
ha intentado seducir
ha amenazado con escándalo mediático
ha puteado
ha suplicado
y nada:

ninguno de los propietarios del country
aprueba su solicitud de ingreso

ahora levanta el puño
muestra el tatuaje
y escupe:

piojos resucitados

ya van a ver
cuando los agarre fidel.



la señora N., ama de casa, espera visitas

camina la casa
-una vibración de legítimo perfume francés
la sigue como perro en celo-

cierra la puertas de las habitaciones vacías
baila con el perchero de cedro
una canción de juventud
que ya no entiende

desnuda frente al espejo
su cuerpo de violoncelo

hace sonar todas sus cuerdas

recorre la penúltima,
la más grave,
frente a la ventana abierta

pide bajito que alguien venga
que rompa los cristales blindados
que entre sin permiso, sin misericordia
que la coja
o que la mate

le da igual.

 

el señor Z., escritor provinciano,
imagina una novela que, espera,
le traiga escándalo, fama y fortuna

esto va a estar rebuenísimo -se relame
mientras toma del pico un vino medio pelo-

algo que mezcle lo mejor y lo peor del cine noire
con la comedieta costumbrista

crudo y brutal realismo
con un touch surreal
y un poco de salsita naïve

una buena dosis de ruda prosa
con dos o tres pinceladas de poesía
- pour la galerie-

un par de lugares comunes
salpicados aquí y acullá
para entretener a la gilada
- a favor y en contra-

y sexo y sangre y violencia
y famosos con el agua hasta el cuello
y crítica social bien cool
- mirada brechtianamente distante-
cóctel posmoderno: no puede fallar

ah! y todo sucede en un country

Y se duerme feliz, pobrecito.

Sueña con una vida mejor:
casita en el prado
mujercita rubia y polentona
cachorros humanos y de los otros
triscando por el césped verde inglés

No sabe, almita de dios,
que con esa pinta de obreracho,
de plantígrado disidente,
de primate recién caído de la palmera
de pobretón esforzado, en fin,
jamás de los jamases lo aceptarían
en esos lugares
donde vive la gente como uno.

(de Nada - 2009, inédito):

11
nada entre muchos

la suma de las miradas
no ilumina lo que no se ve

lo devora

cada ojo con su tajada
a una cueva en el coral.

En ese cartílago traslúcido,
en su sombra indecisa

en lo que queda

nada.


13

nada en la belleza

la ambición de la medusa
es ser agua voraz

ondula
un escalón por debajo
de la transparencia.

Lo que cautiva al ojo
no es lo transparente
sino la promesa del veneno
que sisea
en lo que no se deja ver.

33

nada para ver

lo invisible es la mitad de la oscuridad

la otra mitad

¿asusta
 alumbra
 o da de beber?

todavía no sabe

nada.

(de Crónicas de muertes dudosas - 2003/2008, inédito):

Ferdinand Climent Sablier
Carmen de Patagones, 18 de agosto de 1932

No veo por cierto qué protección sería capaz de auxiliar en su desgracia  a estos artífices.
No es fácil convencerlos de abandonar un arte que les  proporciona sustento y ganancias…

Bernardino Ramazzini
Morbis artificum diátriba:
De las enfermedades de los joyeros relojeros, 1703.

Si podéis mirar dentro de las semillas
del Tiempo  y decir qué grano crecerá y cuál no,
habladme, entonces, a mí, que no solicito
ni temo vuestros favores ni vuestro odio.

William Shakespeare
Macbeth

I.

Hijo de un relojero hijo
de un relojero hijo
de un relojero
Ferdinand Climent Sablier
dejó Ginebra ya viejo
con su batallón de monóculos
y su escritorio de enebro
y sus doscientos relojes
mudos y muertos.

Partió al exilio Ferdinand
perseguido por el anatema
y la ignominia:
no hay lugar en la pacífica Suiza
para un asesino de relojes.


(Por las callejas de Patagones:

ferdi - nand
ferdi - nand
ferdi - nand

lo  siguen las voces de los muertos
que ha destripado en su taller
de la rue Malagnue
al lado de la iglesia rusa)

El infausto pasaje de noble artífice
a asesino serial de relojes
sucede una tarde
de mil novecientos dieciocho
mientras camina  alegre
hacia su sesión semanal
en la casa de putas
de Madame Laforge:
una simple piedra en el zapato
fue su Sarajevo personal.

Busca un banco a orillas del Ródano:
el único disponible
está ocupado por un anciano ciego
y un joven que reconoce
como su vecino de la Rue Malagnue.
Hablan uno de esos idiomas ásperos del sur,
así que no le preocupa
pasar por infidente mientras sacude
la botita de gamuza.
“Son muy parecidos – se dice Ferdinand –
Casi se diría que son el mismo: dos puntas
de la vida, un puente sobre el océano del tiempo”


Y éste, su primer pensamiento
no regulado por áncoras
ni rueditas de bronce
fue su perdición.
Sin darse cuenta 
vuelve sobre sus pasos
entra en su casa
enciende el fuego
descorcha una botella de cognac
que fue de su abuelo
y por primera vez se sienta a meditar
en la materia prima
que ha dado de comer a su familia
por doscientos años o más:

¿Pero el tiempo es un océano?
¿Con sus mareas y sus oleajes?
¿Con su trópico de sargazo podrido?
¿Con su polución fosforescente?
¿Con su profundidad medida en monstruos?

Mentira, mentira, grita Ferdinand
mientras descorcha una botella de ajenjo
de antes de la prohibición:
el tiempo es limpio como una bisectriz
no tiene profundidad  ni anchura
ni tres mil dientes para desgarrar la carne
y ni brilla ni ahoga:
el tiempo sólo sabe pasar.

¿Pero entonces el tiempo es un río?
¿Con su margen y su cauce de barro?
¿Con su pez bigotudo?
¿Con su meandro de borracho?
¿Con su insistencia de cicatriz?

Blasfemia, blasfemia - aúlla Ferdinand
mientras bailotea alrededor de la vitrina
donde esperan turno doscientos relojes-
el tiempo es recto y tierno
como un adolescente visitado por dios
el tiempo no duda
según la inclinación del espacio
ni moja los pies de la hierba inútil de las riberas
ni le importa quién baja dos veces al mismo río:
Heraclite, je t’enmmerde – canta Ferdinand
con los compases de la Marsellesa.

Ferdi – nand
Ferdi – nand
Ferdi – nand
dicen doscientos relojes tartamudos


Con el oído afilado por el ajenjo
Ferdinand Climent Sablier
se detiene a escuchar:

Ferdi – nand
Ferdi – nand
Ferdi – nand

Ah, me llaman – dice Ferdinand –
Veamos qué tienen para decir
estos hijitos bastardos del tiempo.

Tambaleando
va hasta la vitrina
la saquea al azar
pone sobre la mesa el reloj del alcalde
(que acaba de componer)
le quita la tapa
y por primera vez
las ruedecitas
y resortes
se le aparecen como son: 
una colmena de insectos dorados.

¿No es terrible cómo picotean y picotean
algo tan silencioso y transparente
como el paso del tiempo?
-dice entre dientes Ferdinand
y sin aviso descarga terrible golpe
con el culo de la botella de cognac.
 
Coloca al lado de los restos
el reloj de arena de su bisabuelo
símbolo de familia y profesión.
La arena cae como un río vertical.
Este reloj también miente- masculla Ferdinand
el tiempo no está hecho de semillas
y menos de arena
¿qué se pude cosechar de la siembra de estos granos?
¿Un desierto?
¿Esto es para ustedes el tiempo?
¿La demolición de una roca
mezclada con bosta de camello?

Vuela el reloj de arena contra la vitrina.
Ferdinand ve la explosión de cristal
en cámara lenta:
Es un regalo del tiempo – se dice-
El tiempo me está regalando una flor.

Ferdi – nand
Ferdi - nand
Ferdi - nand
-dicen ciento noventa y nueve relojes-
- Ya voy – dice Ferdinand.

El resto salió en los diarios:
un relojero loco,
los bolsillos llenos de engranajes,
lleva en la mano una gran flor
hecha de áncoras y carcazas de reloj.
Hace cerrar el prostíbulo
(mediante el pago de un décimo de su fortuna)
le regala la flor de oro y bronce a la madame
y se acuesta con todas las pupilas a la vez.
Decora pezones con resortes
teje vello pubial con agujas diminutas
dibuja constelaciones de rubíes
sobre la espalda de una egipcia
y tiene, según testigos expertos y confiables,
el mejor orgasmo del cantón francés.

 
II.

Ferdinand Climent Sablier parte al destierro
en el primer barco que encuentra.
En medio de la mar
Ferdinand se consuela
pensando en la Patagonia:
bestia plana y salvaje,
desierto de año luz,
alfanje de cien filos
y zona libre de relojes.

Desde la borda, para su confusión,
lo primero que ve
es la torre doble de Carmen de Patagones,
dos dedos impunes
en la garganta del cielo,
y ese reloj insultando al tiempo,
que es como insultar a dios.

Pero el buen dios no tiene tiempo
para ocuparse de Ferdinand y sus batallas,
y allá anda Ferdinand a la mala
subiendo y bajando
las calles empedradas
y cada adoquín es como un segundo
que dice ferdi – nand
en los puntazos arteros de la artritis,
siempre el ojo mecánico
allá arriba
sin perderle pisada

déle cortajear
déle cortajear

tic
tac
ferdi
nand
y Ferdinand se duele
del tiempo cortado como salchichón
y odia más que nunca esas agujas
chorreantes de grasa.

Ferdinand casi no trabaja:
subsiste de sus ahorros
y de la venta de cuadros
hechos de tripas de reloj.

El día lo lleva siempre lejos de las torres.
Le gusta ver a los enamorados
arrojar monedas y deseos al Río Negro
desde el nuevo puente de hierro.
Las monedas se hunden como relámpagos de bronce
Los deseos flotan un poco más.
A veces una punta de ovejas cruza el puente:
ferdi – naaaand
y Ferdinand las cuenta
por no sentir las horas, las duras pezuñas.

Pero catorce años de aburrimiento digno
no bastan
para calmar una locura sagrada:
Ferdinand se ha enamorado

(todos los relojes muertos
le han resucitado en el pecho)

Tras el mostrador del correo
la viuda Angélica
tocotoc
sella las cartas que Ferdinand
se envía a sí mismo
con poemas
para ella

la del vestido de noche griega
la de los ojos eternos
la de cabellos como río negro
la de la carne blanca  
y la sonrisa azul (1).

Sufre de mala poesía, Ferdinand
pero más sufre de amor:
Todos los días
toco
toc
allá van las cartas
de nadie
para nadie
la viuda
tocotoc
las torres
ferdi
nand
ferdi
toc
toco
nand
así no hay corazón que aguante.

Es el tiempo o yo, se dice 
y decide que el camino más corto
al corazón de la viuda
atraviesa el corazón del tiempo.

Matar el tiempo
para vivir ahora y siempre
a la sombra de tus manos

escribe en una tarjeta blanca
y se va en busca
de la más grande y blasfema
de las magnolias doradas.

Es de noche y trepa Ferdinand
con su asma
y con su artritis
y con su martillo
y su destornillador.

Allá abajo Patagones
moja sus luces
a la orilla de una cicatriz.

Suspira Ferdinand y levanta
el martillo contra la esfera de cristal
suenan
cinco campanas
y diez mil bronces
y todo le da en el alma:
tambalea 
pierde pie
flota en un mar de sargazos
piensa extrañamente
en peces bigotudos
y en camellos vadeando el Ródano
y en una reina negra
con suave vestido de luto blanco
y en diez mil putas
pariendo flores
y en diez mil ovejas
rumiando la papilla de los siglos
y en diez mil adoquines disparados contra el cielo
y en el cielo que se acaba
y en el amor que explota
en un quejido
y en la eternidad que,
ahora sabe,
dura exactamente
un
ferdi
nand.



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Bruno Di Benedetto nació en Avellaneda, Buenos Aires en 1955. Desde 1979 reside en Puerto Madryn. Ha coordinado talleres de escritura y creatividad en diversas ciudades del país.
Participó, desde 1980, del movimiento "Poesía a la calle".
Con este grupo realizó lecturas callejeras y reparto masivo de poemas en Puerto Madryn y otras ciudades patagónicas. Integrante de los grupos de música y poesía "Cosas nuestras" y "Los que andan en algo", (1981 - 1990) con Gloria Geberovich, Alberto Murillo, Marcelo Zaporta y otros.

Como promotor de la lectura, realizó programas radiales y televisivos y publicó artículos en diversos medios gráficos. Fue co-editor de la revista de la calle “Darse vuelta”, premio "Hacelo vos" 2007. Desde 2005 es capacitador del Plan de Lectura de la Provincia del Chubut. Coordinó las ediciones de "Palabras que trae el viento" 1 y 2, selección de autores chubutenses, para el Plan Provincial de Lectura. Fue organizador de los encuentros "Los maestros de la Rosa Blindada" (2001); "Los maestros del Escarabajo de Oro" (2002); y XXIII, XXV y XXVI Encuentro de Escritores Patagónicos. Ha publicado los poemarios “Palabra irregular” (Premio Convocatoria Escritores Inéditos, Chubut, 1987), “Complicidad de los náufragos”, “Dormir es un oficio inseguro” (premio Fondo Editorial Chubut, 2003), “Vengan juntos” (relatos) y "Country" (Ed. El surí porfiado, 2009). Libros inéditos: "Crónicas de muertes dudosas" (2008, Premio Casa de las Américas 2010) y "Nada" (2009).

Acta del Jurado del Premio de Poesía Casa de las Américas 2010.
El jurado integrado por Graciela Aráoz, de Argentina; Jotamario Arbeláez, de Colombia; José María Memet, de Chile; y Marino Wilson Jay, de Cuba, acordó otorgar por mayoría el Premio a la obra:
Crónicas de muertes dudosas, Bruno Di Benedetto, de Argentina.
"Este libro unitario presenta una excelente factura. En él habitan el lirismo, la investigación y un llamativo sentido del humor. Su lectura capta por la destreza expresiva e innovación en el género. Los temas de esta crónica, tomados a veces de la realidad y a veces inventados, logran una obra de actualidad digna de la mejor poesía latinoamericana".
Contacto:
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http://bruno-dibenedetto.blogspot.com


(1) Roberto Arlt, que la conoció en 1933, escribió acerca de Angélica: “…juro que sólo un ciego puede desear vivir lejos del correo de Patagones, pues en él se encuentra empleada Venus Afrodita, disfrazada de morocha. Cuanto viajero entra al correo de Patagones y mira la tal empleada recibe como una descarga eléctrica y luego, cuando se repone, pide cinco pesos en estampillas de medio centavo y contadas una por una por la susodicha empleada.”  Carlos Espinosa: Perfiles y postales, Crónicas de la historia chica de Viedma y Patagones, 2006
Por Graciela Cros
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