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Bruno Di Benedetto, animador y organizador de encuentros culturales de reconocida trayectoria en la Patagonia, y ganador del premio Casa de las Américas de Poesía 2010, visita desde Puerte Madryn el estante Poetas del País, en la sección Una de Poetas, que edita y compila Graciela Cros.

UNA DE POETAS Hoy, Bruno Di Benedetto (Avellaneda/Pto. Madryn, 1955) -Premio de Poesía Casa de las Américas 2010 por “Crónicas de muertes dudosas”-
“lo invisible es la mitad de la oscuridad” (de Dormir es un oficio inseguro - Fondo Editorial Provincial, 2003):
Una absurda báscula de medir qué la mirada tic tac éste es el mundo éste es el mundo éste es el mundo
¿y el deslímite del paisaje? ¿Y ese tajo más allá de las hojas secas? ¿y esa rajadura en el aire?
si la mirada no es una pregunta si la pregunta no es constante el ojo cae.
(de Country - Ediciones El Surí Porfiado, 2009):
el señor M., famoso ex futbolista, amenaza con el puño izquierdo en alto
ha movido influencias ha intentado seducir ha amenazado con escándalo mediático ha puteado ha suplicado y nada:
ninguno de los propietarios del country aprueba su solicitud de ingreso
ahora levanta el puño muestra el tatuaje y escupe:
piojos resucitados
ya van a ver cuando los agarre fidel.
la señora N., ama de casa, espera visitas
camina la casa -una vibración de legítimo perfume francés la sigue como perro en celo-
cierra la puertas de las habitaciones vacías baila con el perchero de cedro una canción de juventud que ya no entiende
desnuda frente al espejo su cuerpo de violoncelo
hace sonar todas sus cuerdas
recorre la penúltima, la más grave, frente a la ventana abierta
pide bajito que alguien venga que rompa los cristales blindados que entre sin permiso, sin misericordia que la coja o que la mate
le da igual.
el señor Z., escritor provinciano, imagina una novela que, espera, le traiga escándalo, fama y fortuna
esto va a estar rebuenísimo -se relame mientras toma del pico un vino medio pelo-
algo que mezcle lo mejor y lo peor del cine noire con la comedieta costumbrista
crudo y brutal realismo con un touch surreal y un poco de salsita naïve
una buena dosis de ruda prosa con dos o tres pinceladas de poesía - pour la galerie-
un par de lugares comunes salpicados aquí y acullá para entretener a la gilada - a favor y en contra-
y sexo y sangre y violencia y famosos con el agua hasta el cuello y crítica social bien cool - mirada brechtianamente distante- cóctel posmoderno: no puede fallar
ah! y todo sucede en un country
Y se duerme feliz, pobrecito.
Sueña con una vida mejor: casita en el prado mujercita rubia y polentona cachorros humanos y de los otros triscando por el césped verde inglés
No sabe, almita de dios, que con esa pinta de obreracho, de plantígrado disidente, de primate recién caído de la palmera de pobretón esforzado, en fin, jamás de los jamases lo aceptarían en esos lugares donde vive la gente como uno.
(de Nada - 2009, inédito):
11 nada entre muchos
la suma de las miradas no ilumina lo que no se ve
lo devora
cada ojo con su tajada a una cueva en el coral.
En ese cartílago traslúcido, en su sombra indecisa
en lo que queda
nada.
13
nada en la belleza
la ambición de la medusa es ser agua voraz
ondula un escalón por debajo de la transparencia.
Lo que cautiva al ojo no es lo transparente sino la promesa del veneno que sisea en lo que no se deja ver.
33
nada para ver
lo invisible es la mitad de la oscuridad
la otra mitad
¿asusta alumbra o da de beber?
todavía no sabe
nada.
(de Crónicas de muertes dudosas - 2003/2008, inédito):
Ferdinand Climent Sablier Carmen de Patagones, 18 de agosto de 1932
No veo por cierto qué protección sería capaz de auxiliar en su desgracia a estos artífices. No es fácil convencerlos de abandonar un arte que les proporciona sustento y ganancias…
Bernardino Ramazzini Morbis artificum diátriba: De las enfermedades de los joyeros relojeros, 1703.
Si podéis mirar dentro de las semillas del Tiempo y decir qué grano crecerá y cuál no, habladme, entonces, a mí, que no solicito ni temo vuestros favores ni vuestro odio.
William Shakespeare Macbeth
I.
Hijo de un relojero hijo de un relojero hijo de un relojero Ferdinand Climent Sablier dejó Ginebra ya viejo con su batallón de monóculos y su escritorio de enebro y sus doscientos relojes mudos y muertos.
Partió al exilio Ferdinand perseguido por el anatema y la ignominia: no hay lugar en la pacífica Suiza para un asesino de relojes.
(Por las callejas de Patagones:
ferdi - nand ferdi - nand ferdi - nand
lo siguen las voces de los muertos que ha destripado en su taller de la rue Malagnue al lado de la iglesia rusa)
El infausto pasaje de noble artífice a asesino serial de relojes sucede una tarde de mil novecientos dieciocho mientras camina alegre hacia su sesión semanal en la casa de putas de Madame Laforge: una simple piedra en el zapato fue su Sarajevo personal.
Busca un banco a orillas del Ródano: el único disponible está ocupado por un anciano ciego y un joven que reconoce como su vecino de la Rue Malagnue. Hablan uno de esos idiomas ásperos del sur, así que no le preocupa pasar por infidente mientras sacude la botita de gamuza. “Son muy parecidos – se dice Ferdinand – Casi se diría que son el mismo: dos puntas de la vida, un puente sobre el océano del tiempo”
Y éste, su primer pensamiento no regulado por áncoras ni rueditas de bronce fue su perdición. Sin darse cuenta vuelve sobre sus pasos entra en su casa enciende el fuego descorcha una botella de cognac que fue de su abuelo y por primera vez se sienta a meditar en la materia prima que ha dado de comer a su familia por doscientos años o más:
¿Pero el tiempo es un océano? ¿Con sus mareas y sus oleajes? ¿Con su trópico de sargazo podrido? ¿Con su polución fosforescente? ¿Con su profundidad medida en monstruos?
Mentira, mentira, grita Ferdinand mientras descorcha una botella de ajenjo de antes de la prohibición: el tiempo es limpio como una bisectriz no tiene profundidad ni anchura ni tres mil dientes para desgarrar la carne y ni brilla ni ahoga: el tiempo sólo sabe pasar.
¿Pero entonces el tiempo es un río? ¿Con su margen y su cauce de barro? ¿Con su pez bigotudo? ¿Con su meandro de borracho? ¿Con su insistencia de cicatriz?
Blasfemia, blasfemia - aúlla Ferdinand mientras bailotea alrededor de la vitrina donde esperan turno doscientos relojes- el tiempo es recto y tierno como un adolescente visitado por dios el tiempo no duda según la inclinación del espacio ni moja los pies de la hierba inútil de las riberas ni le importa quién baja dos veces al mismo río: Heraclite, je t’enmmerde – canta Ferdinand con los compases de la Marsellesa.
Ferdi – nand Ferdi – nand Ferdi – nand dicen doscientos relojes tartamudos
Con el oído afilado por el ajenjo Ferdinand Climent Sablier se detiene a escuchar:
Ferdi – nand Ferdi – nand Ferdi – nand
Ah, me llaman – dice Ferdinand – Veamos qué tienen para decir estos hijitos bastardos del tiempo.
Tambaleando va hasta la vitrina la saquea al azar pone sobre la mesa el reloj del alcalde (que acaba de componer) le quita la tapa y por primera vez las ruedecitas y resortes se le aparecen como son: una colmena de insectos dorados.
¿No es terrible cómo picotean y picotean algo tan silencioso y transparente como el paso del tiempo? -dice entre dientes Ferdinand y sin aviso descarga terrible golpe con el culo de la botella de cognac. Coloca al lado de los restos el reloj de arena de su bisabuelo símbolo de familia y profesión. La arena cae como un río vertical. Este reloj también miente- masculla Ferdinand el tiempo no está hecho de semillas y menos de arena ¿qué se pude cosechar de la siembra de estos granos? ¿Un desierto? ¿Esto es para ustedes el tiempo? ¿La demolición de una roca mezclada con bosta de camello?
Vuela el reloj de arena contra la vitrina. Ferdinand ve la explosión de cristal en cámara lenta: Es un regalo del tiempo – se dice- El tiempo me está regalando una flor.
Ferdi – nand Ferdi - nand Ferdi - nand -dicen ciento noventa y nueve relojes- - Ya voy – dice Ferdinand.
El resto salió en los diarios: un relojero loco, los bolsillos llenos de engranajes, lleva en la mano una gran flor hecha de áncoras y carcazas de reloj. Hace cerrar el prostíbulo (mediante el pago de un décimo de su fortuna) le regala la flor de oro y bronce a la madame y se acuesta con todas las pupilas a la vez. Decora pezones con resortes teje vello pubial con agujas diminutas dibuja constelaciones de rubíes sobre la espalda de una egipcia y tiene, según testigos expertos y confiables, el mejor orgasmo del cantón francés.
II.
Ferdinand Climent Sablier parte al destierro en el primer barco que encuentra. En medio de la mar Ferdinand se consuela pensando en la Patagonia: bestia plana y salvaje, desierto de año luz, alfanje de cien filos y zona libre de relojes.
Desde la borda, para su confusión, lo primero que ve es la torre doble de Carmen de Patagones, dos dedos impunes en la garganta del cielo, y ese reloj insultando al tiempo, que es como insultar a dios.
Pero el buen dios no tiene tiempo para ocuparse de Ferdinand y sus batallas, y allá anda Ferdinand a la mala subiendo y bajando las calles empedradas y cada adoquín es como un segundo que dice ferdi – nand en los puntazos arteros de la artritis, siempre el ojo mecánico allá arriba sin perderle pisada
déle cortajear déle cortajear
tic tac ferdi nand y Ferdinand se duele del tiempo cortado como salchichón y odia más que nunca esas agujas chorreantes de grasa.
Ferdinand casi no trabaja: subsiste de sus ahorros y de la venta de cuadros hechos de tripas de reloj.
El día lo lleva siempre lejos de las torres. Le gusta ver a los enamorados arrojar monedas y deseos al Río Negro desde el nuevo puente de hierro. Las monedas se hunden como relámpagos de bronce Los deseos flotan un poco más. A veces una punta de ovejas cruza el puente: ferdi – naaaand y Ferdinand las cuenta por no sentir las horas, las duras pezuñas.
Pero catorce años de aburrimiento digno no bastan para calmar una locura sagrada: Ferdinand se ha enamorado
(todos los relojes muertos le han resucitado en el pecho)
Tras el mostrador del correo la viuda Angélica tocotoc sella las cartas que Ferdinand se envía a sí mismo con poemas para ella
la del vestido de noche griega la de los ojos eternos la de cabellos como río negro la de la carne blanca y la sonrisa azul (1).
Sufre de mala poesía, Ferdinand pero más sufre de amor: Todos los días toco toc allá van las cartas de nadie para nadie la viuda tocotoc las torres ferdi nand ferdi toc toco nand así no hay corazón que aguante.
Es el tiempo o yo, se dice y decide que el camino más corto al corazón de la viuda atraviesa el corazón del tiempo.
Matar el tiempo para vivir ahora y siempre a la sombra de tus manos
escribe en una tarjeta blanca y se va en busca de la más grande y blasfema de las magnolias doradas.
Es de noche y trepa Ferdinand con su asma y con su artritis y con su martillo y su destornillador.
Allá abajo Patagones moja sus luces a la orilla de una cicatriz.
Suspira Ferdinand y levanta el martillo contra la esfera de cristal suenan cinco campanas y diez mil bronces y todo le da en el alma: tambalea pierde pie flota en un mar de sargazos piensa extrañamente en peces bigotudos y en camellos vadeando el Ródano y en una reina negra con suave vestido de luto blanco y en diez mil putas pariendo flores y en diez mil ovejas rumiando la papilla de los siglos y en diez mil adoquines disparados contra el cielo y en el cielo que se acaba y en el amor que explota en un quejido y en la eternidad que, ahora sabe, dura exactamente un ferdi nand.

Bruno Di Benedetto nació en Avellaneda, Buenos Aires en 1955. Desde 1979 reside en Puerto Madryn. Ha coordinado talleres de escritura y creatividad en diversas ciudades del país. Participó, desde 1980, del movimiento "Poesía a la calle". Con este grupo realizó lecturas callejeras y reparto masivo de poemas en Puerto Madryn y otras ciudades patagónicas. Integrante de los grupos de música y poesía "Cosas nuestras" y "Los que andan en algo", (1981 - 1990) con Gloria Geberovich, Alberto Murillo, Marcelo Zaporta y otros.
Como promotor de la lectura, realizó programas radiales y televisivos y publicó artículos en diversos medios gráficos. Fue co-editor de la revista de la calle “Darse vuelta”, premio "Hacelo vos" 2007. Desde 2005 es capacitador del Plan de Lectura de la Provincia del Chubut. Coordinó las ediciones de "Palabras que trae el viento" 1 y 2, selección de autores chubutenses, para el Plan Provincial de Lectura. Fue organizador de los encuentros "Los maestros de la Rosa Blindada" (2001); "Los maestros del Escarabajo de Oro" (2002); y XXIII, XXV y XXVI Encuentro de Escritores Patagónicos. Ha publicado los poemarios “Palabra irregular” (Premio Convocatoria Escritores Inéditos, Chubut, 1987), “Complicidad de los náufragos”, “Dormir es un oficio inseguro” (premio Fondo Editorial Chubut, 2003), “Vengan juntos” (relatos) y "Country" (Ed. El surí porfiado, 2009). Libros inéditos: "Crónicas de muertes dudosas" (2008, Premio Casa de las Américas 2010) y "Nada" (2009).
Acta del Jurado del Premio de Poesía Casa de las Américas 2010. El jurado integrado por Graciela Aráoz, de Argentina; Jotamario Arbeláez, de Colombia; José María Memet, de Chile; y Marino Wilson Jay, de Cuba, acordó otorgar por mayoría el Premio a la obra: Crónicas de muertes dudosas, Bruno Di Benedetto, de Argentina. "Este libro unitario presenta una excelente factura. En él habitan el lirismo, la investigación y un llamativo sentido del humor. Su lectura capta por la destreza expresiva e innovación en el género. Los temas de esta crónica, tomados a veces de la realidad y a veces inventados, logran una obra de actualidad digna de la mejor poesía latinoamericana". Contacto:
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http://bruno-dibenedetto.blogspot.com
(1) Roberto Arlt, que la conoció en 1933, escribió acerca de Angélica: “…juro que sólo un ciego puede desear vivir lejos del correo de Patagones, pues en él se encuentra empleada Venus Afrodita, disfrazada de morocha. Cuanto viajero entra al correo de Patagones y mira la tal empleada recibe como una descarga eléctrica y luego, cuando se repone, pide cinco pesos en estampillas de medio centavo y contadas una por una por la susodicha empleada.” Carlos Espinosa: Perfiles y postales, Crónicas de la historia chica de Viedma y Patagones, 2006
Por Graciela Cros
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