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 Desde la localidad de Quitilipi en Chacho Susana Szwarc visita el estante Poetas del País, de la sección Una de Poetas, que compila la escritora y poeta Graciela Cros.

UNA DE POETAS SUSANA SZWARC, Quitilipi, Chaco.
Soy, a veces, irreal, como un fantasma que sale de sí mismo.
BÁRBARA
Ese cuerpo excesivo aún después del strip-tease es tan leve como el mejor afiche ante mis ojos. La estética del poster me hace sonreír y mecerme en la silla de mi casa (al compás del ritmo ajeno). ¡Ah! es exactamente igual que ofrezca Bárbara su carne -de verdad, de mentira- para mí. Su nombre acerca a mi memoria el poema de Prevert aunque ella insista: “mirá, también me llamo Sonia y no hay en mis manos ni crimen ni castigo”.
Pero ninguno de estos recuerdos sirve esta noche, ella está allí, quitándose siempre su ropa dorada, justamente para llevarnos al olvido y su cuerpo es un mapa perfecto, un territorio para abrazar, arrojar monedas, atrasar relojes.
De pronto ya no sé qué sucede. No hay ruido de pulseras en la habitación de al lado y la música que sale de la radio, la música que despierta a los vecinos, me afecta el sentido del gusto, la clarividencia.
Un hombre, otro hombre, abraza a Bárbara. Bárbara tristeza la del hombre que la abraza y no apaga así sus lágrimas de carne. Pero el llanto es de los dos y valen nuestras monedas. REGIONAL
Están sanos los cítricos del norte. “Erradicada la enfermedad”, dicen los diarios y eso (hoy) es lo único que importa. Entonces mordamos los frutales como si fueran pulpa de Las Gracias o de Venus, su mismísima madre. Que el jugo caiga desde mi boca hasta tus pies que se deslice (¿sin salpicar la suntuosidad de los objetos: mosaicos, collares venecianos, automóviles?) y ascienda de tal modo que toque las estrellas. Así la deuda mía, hermanas, se hará inmensa como un cielo de provincias. ¿Pago demasiado para recibir la textura de tu voz o es por el aliento de naranjas?
¿No es raro acaso que la geografía, como otra Venus, como nuevas Gracias, nos entregue sus tajadas? QUISIERA ENTERARME
Quisiera enterarme de que nada tiene forma, decías. Y acepté, hasta el fondo de la copa del árbol, de la copa del río.
Ninguna de las otras (creía) se ahogaba como yo. (Me hundí.)
No hay placer, dijiste mientras vaciabas al padre en la botella y mi cuerpo te servía.
¿Te habías ido? ¿Y las otras? Tuve vértigos como si alguno más se cayera del mundo.
Dormida, en la noche de fiesta, alcancé a oír: ¿qué hay después?
Al despertar había panes en mi cama. LA GACELA DEL EMPERADOR
Soy, a veces, irreal, como un fantasma que sale de sí mismo. Bailo y río en sitios desconocidos con esas mujeres –siempre- más jóvenes que yo: incluso en mi infancia.
Ellas no son irreales porque están donde están. Sin embargo hablamos, reparto mis aspirinas y ellas mueven las cabezas agradeciendo. El dolor no las detiene en su ir y venir entre perfumes a algún sitio cercano a desvestirse, a jadear, a mostrar sus ojos, las uñas rojas de los pies en cada extremo de las habitaciones y todas sus puertas de rodillas.
No soy irreal para ellas. Sólo soy irreal para el hombre que las invita cada vez que la angustia está a punto de avanzar sobre su torso .(Soplo, entonces, con delicadeza esos dardos invisibles.) RUMIANTE
Dulce animal me haría: vaca para engordar tu descanso.
Pero vacilo. Como vacila el bosque bajo el agua. Abraham ante el trayecto, o las palabras en su deshielo.
¿Acaso es posible compartir el aislamiento de todo? ¿La avidez de cosa? AZULES PROVINCIAS
Sucedió entre nosotros lo más terrible: adjetivos crueles, atroces, se instalaron en su lengua torciéndola. Y justo donde se decía lo amable se atravesó -como una doble espina- la palabra grosera del amo.
Entonces, las mujeres bellísimas -en la vergüenza de lo que por su voz se pronunciaba- nos quitamos los cuellos, las cabezas, hasta los brazos nos quitamos, para caminar orgullosas como himnos bajo los cielos (azules, azules) de provincias. Así, sin ojos, sin oídos, evitábamos el peligro de tropezar con los gestos del desprecio.
Pero demasiado pronto comenzamos a apiadarnos. Las mujeres bellísimas, atentas nos pusimos tres cuellos, tres cabezas y besamos con tres bocas a ésos, creyendo todavía que algo del aliento habría de calmar el uso de tristes (por soeces) adjetivos. Cuenten: ¿quién cuenta nuestros méritos?
Ahora, estos hermanitos (éstos, descalzos por supuesto), se acurrucan a mí. Porque los amos les traen zapatos pesados, llenos de agravios. Ya estamos, otra vez, las hermosas, fecundas, sin cuellos, sin cabezas, sin manos y ellos, soltándose de mi cintura, corren a lo libre. Más descalzos, más felices. TELÓN
¿Acaso una última escenografía? Mosquiteros de encaje. Bajo las luces, un hombre y dos mujeres golosas a su costado. Ellas reirán –Bárbaras- cuando descansen sobre su plexo. Antes sólo querrán ser menos que niñas: mamar hasta el cansancio como si el hombre fuera dulcemente madre. Es por eso que él queda exhausto y se duerme. Las cosas apenas han cambiado. Se escuchan los suspiros del sueño. Ahora él es un niño. Hay que arroparlo, dicen (en voz tan baja que casi no las oigo), las tan Bárbaras.
Desde mi silla se ven las ventanas, las cúpulas de oro y lejos, sobre el suelo, limosnean los huérfanos de siempre. También otros. Giro en mi silla, de caoba. Recuerdo (¿cómo recuerdo?), alguien reclamaba: “las mujeres que no tuve”, “los sueños que no tuve”, “¿qué padre nos pasó?”.
Miro cómo duermen, ellos, en el escenario. Tienen frío, podría ir a cubrirlos otra vez. Pero mis ojos están fijos en el telón que cae. Ya no se ve.
Afuera, la frase estará contenta. EN TORNO
En el hospital, ese médico me dice: no vengas hacia mí.
En la sala (donde somos siete las mujeres), el amado no traspasa el umbral. El médico hace gestos, le insiste: sáquela, rápido, sáquela de aquí. No puedo, repite el amado, ella, su otra sangre, y llora (se asombra de sí, se busca en los vidrios, quiere verse, verse y no sabe lo que dijo). Ni Bárbara ni Sheila ni Luva ni Mara ni Patricia quieren lo que escuchan. Por eso bailan.
El médico hace un corte en la matriz como un patriarca. Le muestra: la misma sangre pero el amado ve otra cosa. ¿Y qué hacer, y qué, si ve otra cosa?
Bárbara, Sheila, Luva, Mara y Patricia me están llevando lejos, lejos, a entornar la sangre. INFORME PARA OTRA ACADEMIA
Los ojos insisten en verse como a un mono entre rejas. Grita: “tengo derecho a sacarme los pantalones ante quien se me antoja”. “A un mono siempre debe serle posible la fuga”, leo (en voz alta). Pero él tiene una sola sensación, como si fuese un adorno. Cuando saco la mirada, la ciudad está llena. ¿Hemos avanzado? Mi semejante, mi modelo, mi auxiliar, mi enemigo, dice: “intento sollozar sobre algún rasgo humano”. En la City nos tapamos las bocas asustados por el ronco grito paterno.
Aún así, como del mismo lugar, se escuchó: “yo... soy aquel que conoció los caminos... La pluma en mi mano. Para escribir la palabra grata...”
Ese es el trueno que me retuerce en tu selva. Me escurro de la mirada –que no me ve- para rescatar -entre tanto- una mirada histórica. Esplendor de peligro. Reaparece una mesa, un libro, la fotografía, por ejemplo, del viejo Pound. Tiene los ojos cerrados (y me veo en sus palabras: “...teme al tiempo...no a mis ojos”).
Los supuestos monos se fueron a dormir (¿entre las flores?). Ya no estoy entre ellos sino lejos, hermosamente gorda como una dorada Pavlova. (¿Por qué apiadarse de los que reverencian su hastío?) Lo desnaturalizado cuece sus habas en otra parte y yo, viejo Pound, estoy próxima a tu deseo. -¿Me estás mirando? MADRUGADAS
Se enfermó de tanta belleza vana. Lo acompañaba, entonces, al prostíbulo como quien acompaña al hospital.
Cada madrugada, ante la puerta del letrero luminoso, veía a esa misma vendedora de periódicos soltar su paquete, sentarse encima, adormecerse. Sin fuerzas, ella.
Sin fuerzas yo, solté, me adormecí. SOMBRA DE SEGUIR
Se mueve la montaña por la música que se detiene justo en la soga donde se secan los pañuelos que pasé, antes, por tus ojos.
Por eso no me viste, no supiste del placer de tu media palabra cerrada en mi limbo. OTRA
Ocupémonos de mí, dice la esfinge y nadie la escucha acostumbrados todos (¿todos?) a la simulación (como si se preguntara). Sin saber por qué, ¿acaso por su dicción o por esa lengua suya, huesuda?, la abrazo. Una piedad más vieja que la esfinge me envuelve. Comienza ella a derretirse de mis lágrimas. Y sabe, entonces, que no quiere abandonar lo que conoce. Se vuelve hacia mí. Me empuja con los huesos de su única lengua (mojada). Afirma: “ París era una fiesta” y yo, curada de espanto, insisto hacia las aguas nunca demasiado ajenas del riachuelo. ENGAÚ
Estamos adentro del sueño. Es bella la noche, tu partitura. Sé que es mejor mantenernos callados. Sin embargo esa compulsión de llenar me hace decir: “no me arrepiento de nada ni siquiera de no haber probado cocaína”. No sólo escucho sino que veo cómo se ríen de mí. Sobre la mesa, las sillas, la cama: los libros apilados como “camisas que no caben”. Siempre esa misma dificultad cuando alguno quiere sentarse, porque se alejó de la ventana. Entonces soy yo la que se ríe y comienzo a cambiar las pilas de lugar. Acomodo los libros en el suelo con la misma delicadeza con la que cambiaba los pañales.
De pronto, en la biblioteca, irrumpen las botellas: vino, fernet, ginebra, anís, grapa. Sé perfectamente que estamos adentro del sueño y no creo que exista aquí, en la ciudad, en ninguna ciudad, algo como la grapa del pueblo de la infancia. Tampoco la niña que pregunta y revuelve en la pregunta: ¿por qué los cosecheros golondrinas toman grapa hasta el hartazgo? ¿Por qué si estuvieron días bajo el sol, ellos, sus mujeres, los hijos, arrojaron las monedas –no a la fuente- sino al paisaje de la zanja de la grapa? Antes habían comprado una frazada con más colores que el cielo. Más tarde, vacíos los bolsillos, se acomodaron en mi umbral. La frazada repartida entre sueños por los que también caminé: algodonales, algodonales, pero sólo mordíamos naranjas. ¡Ah!, cómo recuerdo engaú, esa sed. Y después, mucho después –todavía-, la frescura en las bocas.
Pero decía del sueño de esta noche. Es el momento justo en que una ciudad se burla de mí. No me arrepiento digo: he olido jazmines, fresias, lirios. Si olí hasta las flores de loto de una película vietnamita y presté –también- mis manos cada vez que un amante pronunciaba palabras y las dejaba caer, sueltas, en la madrugada. Yo corría a buscar hojas, más hojas:
anotaba como los viejos copistas. Me vi llorar dentro del sueño, me vi desierta, decirte: si supiera escribir tu música, las notas exactas de la fiesta de la angustia.
Brilla (mi amor) tu amor en el agua del jarro. Afeitan tus manos de mis lágrimas lo amargo y convidan al mendigo. -Ni una gota más-, dije en el sueño.
Estiré los ojos para mirar el pájaro de cada mañana. Insistía: pío, pío, pío. Y ellas (Bárbara, Sheila, Luva, Patricia) dijeron: -lo descolocado nos excita. Pagaste. Pagamos. Pagaron. ¿Quién se atrevió a decirles prostitutas, sólo para poder separarse cada vez sin dolor? Cerraron los monederos azules, rojos, amarillos. Cerraron la puerta del sueño. Adentro, ¿quién se atrevió a decirme?: “es hermoso estar así, solo, con alguien.”
Disimuladamente, arrojé mis monedas, engaú. CIELOS
El cielo se inclina: acaricia el vientre creciente de Bárbara. Nosotras también.
Hombres espían tras los árboles.
Giro mi cabeza hacia uno-hacia otro y justo gira la cabecita de la niña por venir.
Desdoblamiento celeste.
Invitamos -las cejas en alto- y ellos se acercan -más despacio que estatuas- vestidos de padres. ENTONCES
Soltamos las hebillas (del cabello), de a una nos soltamos y llega, ultraleve, desde distintos lugares, una música que cada vez que se despliega, abarca el punto de partida.
(El miedo cambiado por otra obsesión.)
-Pájaros en la cabeza- habremos de oír, habremos de reír, aún después de los Campos, aún después del Matadero. En la casa de citas.
(¿Cuántos años hacen falta para hacer romántico un crimen?)
Un vestido rojo vuela por el aire.
Bárbaras somos en este anonimato del murmullo.
Porque nos reconocemos, bailamos. Entonces se olvida el frío.
Susana Szwarc nació en Quitilipi, provincia del Chaco, Argentina, en 1954. Publicó: El artista del sueño y otros cuentos (Tres tiempos, 1981); En lo separado (Poesía, Último Reino, 1988); Trenzas (Novela, Legasa, 1991); Bailen las estepas (Poesía, De la Flor, 1999), con algunos poemas traducidos recientemente al mandarín por el profesor Chen Kaikian, quien formó parte del grupo de hispanistas chinos que contribuyó a la traducción de las obras completas de Borges; Bárbara dice: (Poesía, Alción editora, 2004). En literatura infantil: Había una vez una gota (1996); Había una vez un circo (1996); Salirse del camino y otros cuentos (1997), editados por Libros del Quirquincho. En teatro: Paisaje después de los trenes fue representada en el Teatro Olimpia de Buenos Aires en 1985, bajo la dirección de Guillermo Asencio; Trenzas, el secreto robado, en el teatro de Liberarte, con dirección de Irma Paso, en 1994; Justo en lo perdido, en El camarín de las Musas y el Centro Cultural de la Cooperación, con dirección de Irene Rotemberg, en 2003. Ha realizado varias antologías. Entre ellas Mujeres 3, Visiones en el siglo (IMFC, 1998), y cuentos y poemas suyos han sido incluidos en antologías. Ha colaborado, con artículos, reseñas literarias, poemas y cuentos, en publicaciones del país y del exterior: La Nación (Buenos Aires), Clarín (Buenos Aires), El Tribuno (Jujuy), Zihender Stern (Salzburgo), revista Cultura de Veracruz (México). Entre sus distinciones figuran: Primer Premio Nacional —Iniciación— de Poesía, Premio Unesco, Premio Antorchas a la Creación Artística, Beca del Fondo Nacional de las Artes, Premio único de poesía inédita de la Municipalidad de la Ciudad de Bs. As., premio concurso internacional de cuentos Julio Cortázar. Coordinadora del Plan de Lectura fundado por la profesora Hebe Clementi, coordina actualmente talleres literarios en forma privada y en diversas instituciones.
Algunos de sus textos han sido traducidos al alemán, inglés, chino mandarín y catalán. Coordina talleres literarios. De su obra “Bárbara dice” ha comentado Susana Romano Sued: Conjunto dramático y retórico, el libro pone en marcha la circulación de la palabra como bien común, y del gesto que, según lo señala Agamben, no produce, ni actúa, sino que se asume y se soporta, abriendo la dimensión del ethos como esfera propia por excelencia del ser humano. Aunque la voz suene y resuene desde dentro de las máscaras de Bárbara y las otras, mujeres, busconas, prostitutas, carne de todos y de ninguno, como las damas del amor cortés, la poesía de Susana Szwarc nos arroja a la escena descarnada de la vida, sin concesiones. Cuatro capítulos componen el trayecto que va desde la intemperie de un cielo al descubierto, hasta la culminación adicta, en la que se mezclan el decir con la sujeción inexorable a la palabra, como un poderoso atractor vicioso. Al medio, la noche bella va de la carne viva a la carne muerta, hecha pasar por los envoltorios desvelados del poema. Es así que Szwarc establece un suelo para el tránsito y el trueque entre palabra y cuerpo, un canje, un desorden de límites.
En el advenimiento al mundo, este decir poético irrumpe y suspende la vocinglería, para hacerse una voz que enuncia por cada una, cada uno, y hace decir, a Bárbara, nombre que es ya una onomatopeya y un índice. Bárbara que se une a una danza, a una coreografía de nombres, de hablas, de lugares, un desierto, una estepa, trenes, trenzas, tópicos severos de la escritura de Susana Swzarc que ha acuñado una poética propia. Como en sus libros anteriores, la voz enunciadora, el tono en su singularidad de acto y potencia de acto, tejen el lazo que nos anuda la mirada y el oído, la respiración y la lectura, la fisiología y la letra.
Por Graciela Cros
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